viernes 19 de febrero de 2010

Dreams



Cierro los ojos y te olvido.
Te olvido muerte que duermes conmigo.
Bajo mi cabeza la almohada repleta de olvidos.
Olvidos que sueñan recordar algo.
Algo muerto que no tiene recuerdos.
Suspiros.
Las paredes rezan suspiros.
Como voces de ciervos y rumores de espantos.
Como aleteos de escarabajos y silbidos de saltamontes.
Despierto en un sueño de metal.
Hiede a grasa y carburante de sueños.
Hiede a semen y orines.
Engranajes sudando tuercas.
Rines como trenzas de pelo liso.
Liso como el suelo de aluminio y el cielo de bronce.

El motor de un gato ronronea maullidos, sus uñas se clavan en el carburador que sangra aceite 20 – 50, liviano, como un beso frígido, como caricia a control remoto.
Un velero navega de cabeza. Me sostengo del mástil mientras el mar muerde mis pies que sangran pétalos de rosas.
Rosas de alambre de púas y Cristos sangrantes.
El sol es una naranja efervescente, se diluye quemando la piel y los músculos de mi torso.
Abro mis costillas y reviento un pulmón. Respiro de lado, como si cayera un grito.
Arranco mi corazón de la aorta y lo lanzo sobre la arena de escarabajos, arena viva, arena zumbante, y se parte en dos mitades.
Una mitad es un bebé que bufa. La otra un útero que late.
Tengo necesidad de vivir así que tomo un puñado de escarabajos, con un guante de cocina, y los conecto a la aorta. Inmediatamente empiezan a bombear.
Con cada latido río estúpidamente pues la sangre vibra por el zumbar incesante del enjambre de escarabajos en forma de corazón.
Llorar y reír no debería ser posible.
Corro hacia la calle, lejos de la playa de insectos.
Un elefante con una enorme cara de lobo me atropella. Pisa mi cuello, lo tritura mientras, aúlla a la luna.
Despierto, encerrado en un cubo negro, espeso, oscuro.
Enciendo la lámpara, pero todo sigue negro, espeso y oscuro.