La otra cara de una secretaria es la de cosmetóloga. No es solo una manera de lograr ingresos extras, es todo un régimen de comunicación que adquiere otro sentido en un mundo light: un nuevo sistema de creencias en el que los problemas de adentro se pueden resolver si se arreglan los problemas de afuera, de la piel.
En cualquier edificio donde existan oficinas, cubículos y sistemas administrativos, existe también un subterráneo tráfico de cosmetólogas similar al de los ductos de los modernos sistemas de ventilación, que recorren cada espacio de la edificación pero nos son invisibles.
Encubiertos por elegantes bolsas de papel los productos diseñados para explorar la geografía corporal, sus hendiduras, salientes y ensenadas visibles, se transportan de un piso a otro, de una oficina a otra, sostenidos por las cuidadas manos, los rostros aceitados y relucientes de sus portadoras.
La cosmética hace referencia a una narrativa performativa, del hacer por sobre el ser. Su definición más sencilla relaciona, en primer lugar el producto y luego una acción estética. “Dicho de un producto: Que se utiliza para la higiene o belleza del cuerpo, especialmente del rostro. Arte de aplicar estos productos.” .
La secretaria que utiliza a la cosmetología como su segundo oficio, desarrolla una narrativa que está de camino entre la ciencia y el afecto.
Veamos el caso de una “secre”: 36 años, de carácter dulce y como ella dice, “madre y mujer”. Todos los sábados sigue el curso de cosmetología, “no es fácil verás, mira estos tres librotes que tengo que estudiar”. En el nivel actual el tema son problemas de la piel.
Buscando a quién aplicar sus nuevos conocimientos, descubre un “¡caso evidente!”, se trata de un profesor universitario con un serio problema de acné. De inmediato se pone en funcionamiento la máquina cosmética:
La estrategia: “No puedes decirle oye ve, estás horrible, así que le llamé para hacer una cita y preparar el terreno”
La entrada oblicua: el discurso no puede ser frontal, para no “fregar la susceptibilidad de la gente”: “No te imaginas lo que te voy a decir –lo dice con una sonrisa-: Estoy en un curso de cosmetología y justo estoy viendo casos de acné…”
Ganar confianza: “Primero sentirme segura de mi misma para qué el sienta confianza”. Luego, la táctica: contar una historia en la que el interlocutor se reconozca, “la directora de mi escuela tiene un hijo que tenía un caso de acné imposible. Tuvo que ella misma ponerse a estudiar, (Viajó a otros países. Tiene dinero), porque nadie daba pie con bola. Ahora vele al hijo, le hicieron un levantamiento de la piel y ahora va con terno y administra el lugar. Confío mucho en ella y podría ayudar”.
La explicación: Que debe mostrar conocimiento científico, al mismo tiempo señalar territorios: “El médico trata lo interno, la cosmetología la parte externa”.
Palabras clave: El cliente debe reconocer que “se conoce” y que se lo va a ayudar. El repertorio debe ser apropiado: “milium”, “pápula”, “comedón”, “mácula”, “pústula”, en su orden los grados de la enfermedad.
La venta: Siempre es un contrato entre el cliente y el servicio, mediado por el producto: -“Gracias, en realidad no me preocupa. Lo que me preocupa es que sea el resultado de algo que no esté bien”. –“Lo importante es que te veas saludable y que tu aspecto mejore”. El tono es importante, no en vano la secre es dulce, por ser un arte de la aplicación, la sensibilidad y el afecto debe expresarse con gestos suaves, un toque del brazo, una sonrisa, la voz como una seda.
El que no cae resbala en el mundo de la cosmética: viejos, niños y niñas, jóvenes, minorías, mayorías, docentes universitarios, perros, gatos y millones de mujeres.
Teoría de la superficie, la narrativa cosmética no vende ningún producto, vende “el auto reconocimiento” de las imperfecciones, que solo la mirada estética de la cosmetóloga puede proporcionar. En su frívola profundidad, descubre en la piel el escenario del show en el que toda mirada se refleja. La cosmetología es la narrativa de un espejo ineludible en el que los interlocutores son interpelados como vedettes, estado siempre preferible al de la vulgar humanidad.
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