Introduzco mi mano en la vagina y arranco su útero.
Sin misericordia.
Ella ríe.
Dispara y la bala me vuela el ojo izquierdo que sale despedido como una pelota de golf.
El techo cae y nos aplasta.
Ella ríe.
La mandíbula, desprendida de su rostro, al borde del enorme trozo de cemento.
Un destello gris con franjas rojas y verdes rompe el horizonte, cuando se acerca escucho con mis orejas abatidas: ¡No teman los rescataré! Lo dice con una sorprendente voz de niño.
El dueño de la ínfima voz levanta el techo y lo lanza hacia la calle triturando a un gato.
Nos levanta, parecemos dos afiches, y nos sacude con fuerza como si fuéramos alfombras.
Recuperamos las formas de nuestro cuerpo.
Le doy las gracias. No era un súper niño sino el superratón. En realidad es pequeño, no sabía que existía. Aprieto su manito, me pregunto si bajo el guante blanco tendrá la piel rosada, cruda, de un ratón.
Por qué ríe, pregunta el minúsculo héroe elevándose sobre mi cabeza. No ríe, es una hiena tiene hambre –le digo- y el ratón desaparece sobre los edificios cercanos.
Necesito hacer una llamada.
El sol está caliente.
Me siento idiota.
Corro escapando del calor. Llego a las cabinas de alquiler.
Cierro la puerta. El calor es un circo y yo soy su payaso.
El sudor me pega las axilas, la espalda. Pesa el calor me pesa. Se envuelve como una bufanda en mi cuello, me hincha las pelotas, me refiero a las amígdalas, siento que me ahogo.
Mal genio. El sol me jode el humor.
Hablo con ella, siento que la amo, en alguna parte de su ausencia, ¡pero el calor, el calor! Dice que me ama, supongo que si, pero no sabe cómo ser ella misma y entregarse. Es difícil creerle. Hiede, esta cabina hiede. Es el calor que empieza a podrirse.
Veo a Tigger ser destripado por Wini The Poo fuera de la cabina mientras, el señor conejo intenta besarse con una mujer negra, pero sus enormes dientes lastiman los labios de la mujer.
Estoy furioso con ella. No está conmigo, no puedo tocarla y el calor es idiota, un calor idiota y estúpido que me seca la garganta y humedece la espalda, que se me echa encima como una vieja en el trolebús. Estoy furioso por el calor, porque prefiere estar lejos y eso es todo. Se me viene a la cabeza la canción: “que calor oeo”, qué ridículo, en estas iras.
Acabo de recordar que no tengo un ojo.
Me despido de ella, creo que peleamos, no lo recuerdo, el calor me atonta, me arrepiento de la discusión, pero ¿como le explico que fue el calor? Mañana le diré que es por su ausencia.
Mi ojo, que asco, pensé que lloraba y es una baba nauseabunda que se derrama de mi cuenca ocular.
Corro hacia la casa destruida.
La hiena ahora es una cucaracha de un metro y medio de largo. Se abre en dos mitades que caminan descompasadas, de su vientre se derraman intestinos, pelotas de fútbol y millones de moscas, cabezas, patas, alas, y grandes gusanos transparentes.
Insoportable. La mitad con el aparato bucal masticador está sobre mi ojo, entre sus patas. Quedo paralizado por el pánico.
Mi ojo.
El asco.
Mi ojo.
Busco algo que me sea útil.
Encuentro un paraguas y con el mango curvo retiro mi ojo.
Vomito cuando lo tengo en mi mano.
Lo pongo en mi córnea.
Vomito de nuevo y se desprende otra vez.
Lo ubico de nuevo, veo borroso.
Ella ríe.
Son sus antenas frotándose.
Llama para aparearse pienso.
El cielo comienza a caerse.
No quiero decir que llueva o caiga la noche.
El cielo se derrumba, el azul se queda sobre los techos altos, apuntalado por los postes de luz, en medio se chorrea como una carpa sin sustento, la gente intenta mantener el cielo con troncos y andamios.
Nadie comprende.
Angustia, ahogo, la sensación de opresión del firmamento es opulenta. En ciertas partes casi llega al piso, lo puedo tocar, es frío y denso.
Hay quien no soporta la claustrofobia y cae al suelo con babeantes convulsiones.
Mientras más bajo el firmamento más oscuro se pone todo.
El alcalde ordena prender las luces de la ciudad, finalmente idean grandes zeppelines que elevan al cielo lo suficiente para tender cordeles entre los edificios y que los automóviles puedan movilizarse. La gente reza a la Meca, al menos eso me parecen todos arrodillados curiosamente en la misma dirección.
Sus ruegos son escuchados.
Unos inconmensurables tentáculos abren el cielo caído, las pegajosas secreciones de sus extremidades cubren el dorso del firmamento y luego lo pegan en el espacio.
La gente da gracias a Dios por el envío de su mascota celestial.
Nadie parece pensar que quizá la mascota es Dios.
Meto las manos en los bolsillos como uno de esos personajes de novelas y camino como narrado por un texto urbano de dudosa poesía.
Sigo la avenida hacia el ocaso como el protagonista de un western, escucho música de vaqueros, si por lo menos tuviera un maldito caballo, la soledad ya la cargo conmigo.




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